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En Agosto viajé a Nueva York para asistir al curso “Dibujar con el lado derecho del cerebro”, impartido por Brian Bomeisler. Es un curso de cinco días en el que se trabajan diferentes habilidades (cinco en total) que conforman una habilidad más global, la de representar en el papel lo que vemos. Los ejercicios con los que estuvimos trabajando cada una de las habilidades tenían como objetivo desconectar la parte izquierda de nuestro cerebro, que es la que interpreta lo que nuestros sentidos perciben, lo dota de significado y nos hace esclavos de lo que “debería” ser.

Para mostrarnos la “esclavitud” a la que nos somete el lado izquierdo del cerebro, Brian nos contó el ejemplo de una alumna que dibujó  una taza como se muestra en la figura 1. Aún sin prestar mucha atención, algo parece raro en el dibujo, no parece estar correcto; el borde inferior de la taza es recto. Sin embargo, si colocáis una taza en una mesa y, con un ojo guiñado, recorréis con el dedo en la distancia el borde inferior de la taza, os daréis cuenta de que lo que veis es una curva y no una recta. En la figura 2 la taza está representada tal como la vemos. Pues bien, Brian nos contaba cómo esta mujer seguía dibujando el borde recto incluso después de haber comprobado y reconocido que lo que veía en el modelo era una curva. Y es que nuestro cerebro izquierdo sabe muy bien que las tazas se posan sobre el plano de una mesa, por eso nos “dice” que el borde inferior tiene que ser recto.

 

 

A lo largo del curso me fui dando cuenta de cómo estas habilidades también son importantes si queremos educar sin castigos ni recompensas, y de lo necesario que resulta mirar la realidad de un modo distinto para aplicar este estilo de educación.

Por ejemplo, una de las habilidades es la de percibir el “espacio negativo”. En arte, el espacio negativo es el espacio  que hay alrededor y entre los objetos de una imagen. Una manera de dibujar lo que realmente vemos y no lo que “sabemos” que vemos, es dibujar los espacios negativos en lugar de los objetos. Sorprendentemente, el resultado es que dibujamos el objeto tal cual es, y al contemplar el dibujo todo parece estar bien.

De la misma forma, cuando nos enfrentamos a un conflicto con nuestros hijos o ante un comportamiento difícil, nos puede ayudar fijarnos en los aspectos del conflicto que no son evidentes, aquellos que rodean al conflicto o se encuentran en medio (el contexto en el que sucede, las necesidades del niño, etc.).  A menudo son estos aspectos los que se encuentran en el origen de los comportamientos difíciles, y son los que nos pueden dar la clave para resolver muchos conflictos.

Por ejemplo, imaginemos a un niño que no quiere irse a la cama a la hora habitual. Desde una disciplina autoritaria utilizaríamos diferentes estrategias para convencerle de que nos obedezca y se vaya a la cama; estrategias como recordarle lo tarde que es, explicarle que si no se va a la cama al día siguiente estará muy cansado, prometerle alguna recompensa o amenazar con algún castigo.

Sin embargo, si nos fijamos en el “espacio negativo”,  pasaremos de preguntarnos: “¿Qué hago para que mi hijo se vaya a la cama …?”, a hacernos estas preguntas: “¿Por qué no se quiere ir a la cama mi hijo?, ¿Qué necesita? y ¿Cómo puedo ayudarle?” Ante estas nuevas preguntas, probablemente aparecerán nuevas respuestas que nos ayudarán a identificar la causa subyacente del comportamiento del niño, y nos orientarán para ayudar a resolver lo que sea que esté necesitando. A lo mejor el niño tiene miedo a la oscuridad, o puede que ese sea el único momento del día para estar a solas con sus padres sin distracciones, o bien puede que el niño necesite hablar de algo que le ha sucedido durante el día,… En cualquiera de estas situaciones, nuestro modo de actuar será diferente, y probablemente, convencer a nuestro hijo para que se vaya a la cama dejará de ser nuestra prioridad.

Desde luego, no siempre es fácil llevar esto a la práctica, pero cuando ponemos nuestra atención en el “espacio negativo”, dejamos de centrarnos en un aspecto concreto, para ganar una visión global del conjunto.  Y sorprendentemente, esta visión global es la que nos ayuda a solucionar el conflicto o el “mal comportamiento” sin recurrir a los habituales castigos o recompensas. El resultado de este proceso es que todos nos sentimos bien y en armonía.

¿Y tú, has probado ya a buscar el “espacio negativo” en los conflictos con tus hijos?