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Las recomendaciones del experto

Imagina esta situación: Has acudido a un experto para que te ayude a resolver una situación difícil. Tras escuchar tus preocupaciones el experto comienza a hablar… y sus sugerencias te suenan enlatadas y te hacen pensar que ha sacado conclusiones rápidamente acerca de cómo eres y cuál es tu problema. Desde luego, si no estás convencida, puedes decidir no hacer caso al experto. Aunque, claro, esto no es tan sencillo como parece, pues desde pequeños nos han enseñado que el experto siempre tiene razón. Pero si no puedes escapar de las redes del “debería”, lo más probable es que te vuelvas a casa sintiéndote culpable por no saber hacer bien lo que se te indica.

Cuando de lo que hablamos es del “mal comportamiento” de los niños, la situación descrita anteriormente es de lo más común. Sin poder evitarlo escuchamos una vocecita en nuestro interior que nos dice: “No va a funcionar, no con mi hijo”. Y esto sucede a menudo cuando el experto se centra exclusivamente en el “mal comportamiento” del niño y en cómo modificarlo.

Por ejemplo, imaginemos que somos los desesperados padres de un niño de cuatro años que por las noches, en el momento de ir a la cama, comienza a correr por la casa escapando de nosotros y parece no escuchar nuestras explicaciones. Se niega a cooperar y no hay manera de acostarle. ¿Cómo podemos hacer que se acueste? ¿cómo evitar que se escape de nosotros?

En primer lugar, el experto nos hablará de la importancia de las rutinas, repetir todos los días la misma secuencia para que nuestro hijo sepa lo que toca en cada momento. Puede incluso que nos sugiera escribir una secuencia de “Pasos Antes de Dormir” y colgarlos en un cartel frente al que poder llevar al niño para recordarle la norma cuando haga falta. Esta es también una manera de trasladar la responsabilidad a un ente abstracto para evitarnos el pensamiento de que estamos “obligando” a nuestro hijo a hacer algo. Así, le decimos frases como “no es que lo diga yo, es que es lo que toca”. Otra cosa que puede sugerirnos es ofrecer algo agradable al niño a cambio de cooperación (un cuento, un rato juntos, una canción), eso sí, siempre condicionado a que nos de tiempo (es decir, a que el niño coopere); o establecer un registro de los días que coopera y los que no, con la promesa de un premio tras conseguir un número determinado de éxitos. También nos recordará la necesidad de establecer límites claros (aquí probablemente escucharemos la consabida frase “los niños necesitan límites porque les dan mucha seguridad”) y no dar opción al niño.

El objetivo último de estas recomendaciones es que el niño aprenda que le compensa más colaborar que no colaborar ¿Lo consiguen?¿funcionan estas recomendaciones? Pues en algunas ocasiones, pocas, funcionan y podemos felicitarnos a nosotros y al experto (aunque matizaré este punto más adelante), y en la mayoría no funcionan. ¿Por qué?¿Qué falla?

Por qué estas recomendaciones casi nunca funcionan

1. Las rutinas

En primer lugar, las rutinas que el experto nos recomienda establecer, normalmente ya existen. Suelen darse de manera natural debido a la regularidad de nuestros horarios y la vida que llevamos a golpe de reloj. Quizá el problema no es que el niño de cuatro años no sepa que ha llegado la hora de irse a la cama; no suele faltarle esa información. Así que las esperanzas que los padres depositamos en el bonito cartel que hemos confeccionado, enseguida desaparecen ante la indiferencia de nuestro hijo, y nuestra frustración será directamente proporcional al tiempo que le hayamos dedicado a preparar el dichoso cartel y al empeño que pongamos en que nuestro niño le haga caso.

2. Las recompensas

En segundo lugar, cuando intentamos convencer al niño para que coopere a cambio de una recompensa (cuento, regalo, etc) ésta debe resultarle lo suficientemente atractiva como para renunciar a su autonomía. Esta estrategia puede funcionar temporalmente, pero con la misma facilidad puede hacer que la resistencia de nuestro hijo sea mayor al darse cuenta de que queremos manipularle. Se nos olvida que no nos gusta que nos manipulen ni que nos compren; a los niños tampoco. La efectividad de las recompensas se sobrevalora a menudo y las consecuencias negativas de su uso suelen ser desconocidas para la mayoría. Autores como Thomas Gordon o Alfie Kohn han descrito esta situación y su problemática en sus libros.

3. Los límites

Poner límites puede ser adecuado e incluso imprescindible en determinadas ocasiones. Pero entender los límites como una necesidad nos puede llevar a abusar de los mismos y usarlos de una forma rígida. Cuando hablamos de límites solemos confundir necesidades con estrategias. De la misma manera que el dinero no es una necesidad en sí misma, sino una estrategia (muy buena por cierto) para satisfacer verdaderas necesidades como la de alimento o cobijo, los límites son estrategias que pueden garantizar la seguridad de nuestros hijos en algunas ocasiones; pero no son necesidades en sí mismas. Un ejemplo de límite que garantiza la seguridad puede ser impedir que un niño cruce solo la carretera. Cuando pensamos en límites en términos de necesidad, tendemos a abusar de ellos (a la cama a las nueve, solo un cuento y apagamos la luz, etc). Además, nos impide ser flexibles y adaptarnos a las necesidades de cada situación; nos olvidamos del niño, nos olvidamos de escuchar y nos olvidamos de que los padres también nos equivocamos. El resultado suele ser el enfrentamiento y la desconexión y, los sentimientos de ira e impotencia pueden propiciar en los niños comportamientos agresivos con otros o consigo mismos.

El enfoque de Aware Parenting. Una solución que sí funciona para todos

Llegados a este punto, muchos padres deciden arrojar la toalla: si las recomendaciones del experto no funcionan, entonces ¿nada funciona?¿no hay otra alternativa que sufrir y dejar que las cosas se arreglen, o no, por sí solas?

Afortunadamente, hay alternativas. Al igual que en otras disciplinas, la psicología tiene múltiples corrientes, y aunque la corriente dominante en psicología infantil se ha centrado en modificar el comportamiento, otras corrientes, a través de la investigación, han formulado modelos de actuación diferentes. Tal es el caso de Aware Parenting.

El enfoque de Aware Parenting propone afrontar estas situaciones desde un punto de partida diferente: en lugar de centrarse en el comportamiento e intentar modificarlo, se centra en identificar las causas subyacentes que lo provocan. Así que desde este enfoque se sustituyen la pregunta “¿cómo podemos hacer que se acueste?”, por “¿qué necesita?¿cómo puedo ayudarle?”

Buscar las razones subyacentes del comportamiento garantiza que nuestras respuestas no sean enlatadas. Para encontrar las razones subyacentes necesitamos información acerca del niño, de los padres, cómo es su relación, cuál es su modo de vida, si existen fuentes de estrés, etc. Con esta información podremos profundizar hasta encontrar las posibles razones que estén causando ese comportamiento indeseado y actuar en consecuencia.

En nuestro ejemplo, ¿cuáles pueden ser las razones por las que un niño no quiera colaborar a la hora de ir a la cama? Pueden ser varias y muy diferentes en cada caso. Por ejemplo, que no tenga sueño, que quiera alargar el único momento en el que puede estar con sus padres, que necesite jugar y no haya podido hacerlo durante el día, que tenga miedo de la oscuridad, que esté preocupado por algo, que el estrés y las emociones acumuladas durante el día mantengan su cuerpo alerta, una mezcla de éstas, u otras diferentes.

La ayuda que los padres podemos ofrecer a nuestro hijo, la solución a nuestro “calvario” de cada noche, va a depender de cuáles sean las causas, ya que cada causa requerirá una actuación diferente.

Así, si creyésemos que lo que necesita es liberar emociones o estrés, podríamos favorecer esta liberación mediante el juego y la risa, o favoreciendo con nuestra aceptación y escucha la expresión del llanto y el enfado. (De nada nos servirían aquí las respuestas enlatadas). Si pensásemos que lo que ocurre es que no tiene sueño, podríamos replantearnos los horarios o recogernos en su habitación permitiendo que esté despierto hasta que tenga sueño. Si lo que necesitase es atención y conexión con sus padres, podríamos ofrecerle nuestra atención completa antes de dormir, reservar un tiempo para estar juntos y hacer algo que le guste. Y así sucesivamente.

¿Por qué a veces las recomendaciones ‘enlatadas’ funcionan?

Cuando las respuestas enlatadas funcionan puede ser porque, sin querer, hayan dado en el clavo. La recompensa de un cuento o una canción podría funcionar si la razón por la que el niño se niega a acostarse es la necesidad de atención y conexión. También pueden modificar el comportamiento, dejando sin resolver ni reconocer el verdadero problema.

Por ejemplo, si nuestro hijo está preocupado o tiene miedo por las noches, prometerle un regalo para que acceda a irse a la cama es probable que no funcione. Pero en el caso de que que funcionase y nuestro hijo accediese a irse a la cama para conseguir el deseado regalo, su preocupación y miedo seguirían ahí; habremos perdido la oportunidad de hablar de ello, escuchar su desahogo o favorecer la búsqueda de ayudas o soluciones. El verdadero problema no desaparece, sino que se transformará en síntomas distintos (comportamentales, emocionales o físicos).

Conclusión

Cuando se trata del “mal comportamiento” de los niños, es frecuente encontrarse con soluciones destinadas únicamente a modificar el comportamiento controlando a los niños con castigos y recompensas, dándoles explicaciones y haciéndoles entender las normas y límites que han de respetar. Estas recomendaciones no suelen funcionar, y cuando lo hacen, sólo consiguen hacer desaparecer el síntoma, pero no las causas subyacentes del mal comportamiento.

Es fácil perder de vista la clase de relación que queremos tener con nuestros hijos cuando estamos cansados, preocupados o tenemos prisa. En estas ocasiones nos solemos centrar exclusivamente en conseguir que obedezcan (“¿como hago para que se vaya a la cama?”). Cuando esto sucede es fácil que la situación se nos vaya de las manos y acabemos enfrentándonos, amenazando o chillando a nuestros hijos.

Buscar las razones subyacentes del “mal comportamiento” nos permite dar respuesta a las verdaderas necesidades de los niños y, además, nos ayuda a comprender mejor su comportamiento, evitando en nosotros sentimientos de enfado, desconcierto e impotencia.

Si queremos establecer un vínculo saludable con nuestros hijos debemos atender sus necesidades lo más rápida y acertadamente posible. Sólo así podrán sentirse suficientemente seguros y confiar en que pueden pedir nuestra ayuda cuando la necesiten. Esta es la base para ayudar a nuestros hijos a crecer sanos, tranquilos y felices.

Así que cuando vuelvas a encontrarte ante un comportamiento difícil o inaceptable, en vez de recurrir a las típicas respuestas ‘enlatadas’, hazte las siguientes preguntas: ¿qué necesita? y ¿cómo puedo ayudarle?